Gerry se había ido y jamás regresaría. Ésa era la realidad. Nunca volvería a acariciar la suavidad de su pelo, a
intercambiar en secreto una broma con él durante una cena con amigos, a
lloriquearle al llegar a casa tras una dura jornada en el trabajo porque
necesitaba algo tan simple como un abrazo; nunca volvería a compartir la cama
con él, ni la despertarían cada mañana sus ataques de estornudos, ni reiría con
él hasta dolerle la barriga, nunca volverían a discutir sobre a quién le tocaba
levantarse para apagar la luz del dormitorio. Lo único que le quedaba
eran un puñado de recuerdos y una imagen de su rostro, que día tras día iba
haciéndose más vaga. Su plan había sido muy
sencillo: pasar juntos el
resto de sus vidas. Un plan que todo su círculo consideró de lo más
factible. Nadie dudaba de
que fueran grandes amigos, amantes y almas gemelas destinadas a estar juntas.
Pero dio la casualidad de que un día el destino cambió de parecer.
